En un frasco

Desperté hoy queriendo escribir sobre una rana en un frasco.

Hay un rana en un frasco y pasó de una acequia seca a un frasco ligeramente húmedo. La rana no entiende pero acepta, acepta incluso que le diga rana siendo que es un sapo pero yo no sé. Rectifico: es un sapo.

En el frasco hay una piedra, un poquito de agua, un pedazo de apio y dos moscas. Quien la puso en el vidrio sabía del sapo como rana y nada más, por verla antes dibujada y pintada. Sus ocho años le entregan esa licencia, ese permiso (aunque descreo de esto, pero lo digo).

El sapo come una mosca muerta y se sienta en la piedrita. Se mueve poco; acepta estoico su destino. El niño vuelve cada media hora a ver el frasco y al final del día recuerda que debe respirar el sapo y agujerea la tapa. Se duerme el niño y el sapo no sé.

El niño no sale de casa. No podría decir que como el sapo ha sido atrapado y alejado de su barro y puesto en vidrio por placer, pero es un niño y no salen solos de casa. Pero por otro lado, ocho largos años de experiencia estando vivo le entregan la licencia del anhelo de la libertad. El niño sale, lo retan, se entra pero luego huye y el campo es grande. Camina por los campos de choclo y luego en el cultivo de pera se come una. Se cree lejos, más lejos que nunca, pero sé y saben ustedes que solo se metió en los cultivos del vecino. Es feliz.

Tarde, 18 horas y el sol se apaga de a poco. El niño se cae. Le pica una abeja. Le da sed de jugo y hambre de pan. Lo buscan porque siempre se pierde entre los campos vecinos pero ahora tardan más en encontrarlo. A lo lejos se escucha un llanto y entienden. El niño, por su lado, se cansó de intentar volver y se sentó a llorar al lado de la acequia. Mira en un charco a un sapo. Cree ver una sonrisa y llora más. Hay angustia y nostalgia por su sapo y pena y culpa por encerrarle y lo encuentran y vuelve y lo retan y lo abrazan y arriba, el sapo, en su frasco, no tiene moscas ya y no parece un fanático del apio.

El niño duerme y al otro día toma el frasco. Se arranca de la casa y llega a un charco cerca pero lejos. Suelta la rana/sapo. Se queda quieta unos segundos y luego salta. El niño la entiende feliz, y él es feliz. Se pierde de vuelta pero igual llega y ahora en su pieza se siente solo. Huye al otro día, se come otra pera, se vuelve a caer pero tiene una rutina y ver sapos es lo que le faltaba.

El sapo no recuerda al niño, pero es amigo ya. No hay otro niño en ese frasco y ya le está faltando el aire. Encuentra el niño a su amigo sapo, pero sabemos tú y yo que no es lo mismo. No hay otro niño, no habrá un amigo a menos que nazca alguno antes de que sea muy viejo el nuestro. ¿Qué pensará nuestro niño, ahora amigo nuestro pero no, cuando sea grande? Si su único amigo en su corta historia fue un sapo del que fue captor, ¿qué pensará? Ya viejo quizá salga, ya viejo sentirá el amor inevitable y descubrirá la amistad, pero esos años vacíos estarán para siempre. Ocho años de experiencia es mucho tiempo, y puede que sean más. No quiero que la memoria del sapo capturado sea toda su infancia (quizá compartida con las dos peras que se comió).

¿Y si voy?

No puedo ir, ya saben, ya sé. Soy no sé si el narrador de esta historia ficticia de un niño sin nombre y una rana/sapo en un campo imaginado, pero me duele. ¿Puedo yo, narrador también imaginado, ayudarlo? no, no puedo, o sí, cambiando la historia, pero ya no se puede. Podría borrar el texto hacia arriba quien escribe y todo pasó, todo fue, pero ya no puede: ya imaginó al niño en el frasco y la rana en la pieza, no hay vuelta atrás y las palabras están pegadas con stix fix a su cerebro. ¿Qué hacemos entonces? ¿le damos una vida larga y feliz que lo libera de su ausencia de amigos? hablo del niño ahora. Puede ser, podría ser, pero algo no nos permite escribir esos párrafos. ¿Estoy yo en un frasco, está el que escribe en uno también? No, no es buena metáfora, nunca lo fue, pero insiste e insistimos. Estoy triste ya, muy. Quiero ver al niño, quiero ser su amigo, quiero comer una pera y no puedo y ¿por qué no? porque alguien quiso escribir sobre una rana en un frasco y ahora tú, que lees, eres también cómplice. Pero quizá podemos arreglarlo. ¿seamos amigos, tú, yo y el niño? ya, y quizá el sapo. Al menos pensemos en que lo somos.

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