Gigantes

Me dijeron un par de cosas hace años que redujeron mi estatura unos treinta centímetros. El año pasado, desde otra boca ahora, salió una palabra que me quitó un metro y hace un mes, me susurraron una frase que me dejó en 10 centímetros. Desde ese día, todos me son gigantes. A ella, la de la última palabra, le rogué por mi estatura, que no dijera el terrible hechizo, pero prometió en vano. Ahora, perdiéndome entre los pastos y ahogándome en charcos de lluvia, busco la fórmula para volver a crecer. Pero es difícil. El miedo me detiene. Y en vez de salir a buscar mi estatura me escondo en bolsillos y bufandas y en guantes o entremedio de perritos que duermen al sol. Saco la cabeza de vez en cuando, pero me vuelvo a acurrucar para dormirme; el miedo me detiene.
 Espero un redentor, como el minotauro, y ese redentor vendrá con La Palabra o Las Palabras y me devolverá el antiguo tamaño, pero esa esperanza me tiene dormido. A veces entiendo que no vendrá, porque soy muy chico. O si viene, no me va a encontrar ni en las cajas de galletas ni en las boinas de los tatas, donde a veces duermo. Así que mi esperanza se reduce a salir una vez al mes, hacia el café de la esquina, donde grito un par de horas esperando ser escuchado, pero siempre los sorbeteos me silencian. Espero el día en que alguien diga la palabra que me devuelva, al menos, medio metro.

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