Los pájaros

Toda la vida imaginé el sonido de los pájaros. Ya sea el del ave en el árbol por la mañana, o la voz del ruiseñor de Wilde, ya sea real o imaginario, siempre pensé al ave como algo precioso que no me podía ser revelado.

Hace unos diez meses, y luego de al fin obtener unos audífonos que cubrían mi sordera profunda y que tiene particular afecto por los agudos, los escuché. Una mañana de invierno mientras caminaba, en ese tiempo, a la pega, entendí: esa mierda molesta son pájaros. Ese pito culiao que me rompe el cerebro son las aves. No era un sonido bonito, era terrible y me percutía la poca tranquilidad que te entrega el caminar entre el frío de la ciudad. Pájaros culiaos -me dije-, se supone que sonaban bonito. A pesar de que lo intenté, no pude, y supe que la belleza no es igual para todos. Entendí que el sonido de las aves no se me reveló como una bendición, si no como un castigo terrible, una fianza a pagar por volver a escuchar, después de tantos años.

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