Mi ficción

Leí o escuché por ahí que cada escritor, o la mayoría de los escritores, tiene su propia ficción formada. Borges, por ejemplo, nos cuenta sobre su pasado heroico, la sangre militar que lo inunda, y por otro lado, nos presenta a su padre y en particular su biblioteca, llena de libros ingleses que le permitieron adentrarse en la literatura de forma casi natural. No podemos saber si su infancia fue efectivamente como él la cuenta, pero sí sabemos que esos hechos o conjuntos de hechos, crearon una historia que él considera que lo convirtió en lo que fue y será. Conversando el otro día sobre esto, vi en las historias que siempre cuento sobre mi vida (los días de la media, el encuentro con un libro, la sordera frente a la academia, entre otras) un gran componente de ficción, y no porque sean ficticias, si no que dichas historias estaban presente a propósito para justificar mis ambiciones actuales, y también justificar quién soy ahora (de forma negativa y positiva). El fin de esta nota es conversar un poco sobre esa ficción personal que creo todos tenemos y relacionarla con lo que “queremos ser” en la vida.

No todos tienen la suerte de tener diez años y decir: “seré esto y a esto me voy a dedicar toda la vida”. Siempre tuve el conflicto de la profesión y conocí mucha gente que también lo tuvo. Creí, y aún lidio con ello, que el factor social y económico retarda el encuentro con el “qué voy a ser cuando grande”. Un cabro chico que nunca tuvo el encuentro con el arte o la música, difícilmente podría saber que él estaba destinado al arte, por ejemplo. Y sobre esta tesis, débil como pocas, comencé a cachar también que la ficción se modifica en la medida en que los “perdidos” van encontrando su camino: alguien que pensó que estaba destinado a ser artista, puede encontrarse con la programación a los veinte y encontrar en su pasado algún momento que relacione con su estado actual, y sentir que era lo que realmente estaba buscando: “cuando tenía siete y jugaba en el atari” blá blá. En mi historia personal he notado que pasé por varias ficciones: antes de entrar a la U tenía una ficción del sonido y la música que me acercaron a intentar estudiar música. Luego de desechar la opción, creé la ficción del escape, el temor por la música y la sordera y justifiqué mi personalidad futura en ese hecho. La segunda ficción es la de Castellano, pero fue diferente: sentía una ficción externa (profes, amigos, familia) de que mi destino eran las letras y, como en teoría era bueno, entré a estudiar pedagogía en Castellano. Cuando me salí, pasé por el trasplante y decidí cambiar de rubro, encontré en mi pasado y en mi presente un montón de ficciones relacionadas con videojuegos y entendí: mi literatura no era solo letras, era contar historias, y quiero contar historias toda la vida y llegar a viejo como Simbad. El camino que tomé quizá no resultó el más adecuado, pero esa ficción sigue impulsándome a lograr mis objetivos, y cada vez que cuento mis historias (a las mismas personas, perdónenme por ser tan repetitivo) y veo una respuesta positiva, me siento más capaz. Entiendo ahora que esas ficciones son en gran parte exageradas y creadas por mi, pero no es algo malo. Me parece una forma curiosa de imponer el destino propio, y muy entretenida por lo demás. Uno dice “soy esto” y esa sola idea va generando realidad en la medida que avanzamos. Todos somo Ulises, ese otro Simbad, navegando en el mar y diciendo a Poseidón: mi destino es este, el que estoy creando ahora.

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