Primera vez frente al mar

Nunca había visto el mar y no sabía cómo imaginarlo. Lo pintábamos y dibujábamos en el colegio y veía en la tele y salía en los juegos, pero no podía comprender tanta agua junta y no me hacía sentido tampoco.

En ese tiempo el Hugo, pololo de mi tía, planeó un viaje a Cartagena y mis viejos y mi hermano y mis primos y los amigos de mis primos se sumaron felices al viaje y yo, sin saber que esperar, decidí estar feliz igual que ellos. Vería el mar me decía, me decían, y todos querían ver cómo iba a reaccionar el cabro chico que no lo había visto.

El Hugo era camionero y a su camión gigante ahora vacío, mi primo el Mauri y su amigo el Jano le subieron colchones al camión y el piso duro y frío fue ahora blando y tibio. Me despertaron, tenía sueño pero me despertaron. Eran cuatro o cinco de la mañana y me subieron en brazos. Todos felices. El camión avanza y todo salta pero no importaba: ahí, recién recién, fui honestamente feliz. Me encantaba viajar en esa parte de atrás, me gustaba que estuviese todo oscuro y que, en esa noche particularmente negra, pudiese escuchar las voces de todos los que íbamos apelotonados como carga a entregar, cagados de la risa discutiendo cómo reaccionaría el cabro chico que no había visto el mar.

Me dormí en el camión. El viaje era corto pero nunca había salido más allá de mi comuna, de la que fue La Chimba y ahora es Independencia o Conchalí o Renca o Recoleta. Alguna vez fuimos al centro, Ahumada o Mapocho y se sentía tan lejos, tan tan lejos, que el viaje a la playa era ir a otro planeta.

De pronto me despiertan y hay un poco de luz. Me dan una leche y un pancito: estamos llegando. Mis viejos me dicen que me prepare, que el mar es tan inmenso y sorprendente que debo prepararme. El Jano y el Mauri están muertos de la risa recordando sus viajes a la playa con los cabros, los Bola 8 que se juntaron toda la vida en Reina María con Angol, y que ahora, ahora este ahora, no están.

El camión para de golpe y el Hugo se baja y abre. Hace frío y está nublado. Me ve comiéndome el pan acostado con los pies en una pared, y me reta: tienes que sentarte bien para comer, me dice, para que baje la comida. Siéntate bien o nos devolvemos. Me apuro y me como el pancito y ahora el Jano me toma en brazos y me baja porque no aguanta y quiere saber qué voy a hacer. Todos bajan rápido del camión y corren rodeándolo y me dicen que ese horizonte azul es el mar. Lo miro un rato, nos acercamos por la arena y no digo nada.

— Di algo po, Dani — me dice uno.

La playa estaba sucia y había un olor terrible. La arena llena de algas y me acerqué tanto que se me mojaron los pies.

— No está tan bacán — les dije — ¡y está muy hediondo!

Se rieron todos muy fuerte. A lo lejos se escuchó un “puta el cabro mal agradecido” entre sus propias risas. Me reí también. Miré el mar un rato y cada vez se ponía más feo y me daba más frío así que volví al camión, me tapé y me quedé dormido.

No recuerdo más de ese viaje. No sé qué hicimos el resto del día y no sé cuántas personas iban en el camión. A veces sueño que vuelvo a viajar en un camión similar y me siento cómodo y feliz y me gusta la incertidumbre del viaje y de la oscuridad. También suelo recordar a mi primo más que a nadie y, después de él, al Jano. Ellos ya no están. Me hubiese gustado comentar con ellos, ya viejo, ese viaje a ver el mar, tan feo y hediondo y no tan bacán.

Leave a Comment