Repetición de una escena

He leído en una vieja revista la siguiente historia: un hombre pobre y triste, movido por ideales nefastos, asesinó a un político que iba por la reelección de un país. El hecho central no es el asesinato, cosa común en la historia ajena y nuestra, tampoco el magnicidio, cosa también común, si no que una obsesión que este hombre tenía según puedo intuir por los libros que encontraron en su hogar: Shakespeare. Esta obsesión me ha parecido digna de análisis, sobre todo porque la revista se esfuerza en el aspecto político del hecho y no ese aspecto, para mi, crucial. Los invito, entonces, a averiguar el cómo un hombre común decide cometer este acto atroz, y su verdadera motivación.

Supongamos que en la orilla del desierto hay un pueblo cuyo nombre importa tan poco como su locación. Ha sido tan ignorado por las autoridades, por el propio país, por la ciudad cercana, que hasta los mismos habitantes se saben ahora una ilusión, un eco pasajero, un reflejo del sol en la arena brillante. No sabemos la fecha, pero imaginemos un tiempo en el cual la comunicación entre personas no era tan compleja como ahora, y el viaje era la única forma de enterarse de algo.

Imaginemos ahora a este hombre, a priori igual que todos, y que no pone en duda su realidad: trabaja de sol a sol en la mina cercana al desierto y por la noche un trago o dos ahogan su calor. Su casa es de madera, la más humilde de las maderas y las casas y entre sus pocos muebles se cuentan una cama, una silla, una lámpara de gas y un par de libros. No está casado, por lo que su cama ocupa un espacio mínimo.

Ahora, notarán algo sorprendente de este hombre, y son sus libros. Es complejo su contexto y el saber leer ya lo posiciona como una rareza, como una curiosidad entre la bruta piedra de la cantera. Es, sin embargo, su tesoro más preciado y el único legado que le dejaron sus padres, quienes desearon entregarle aquello antes de irse.

La cantera está siempre abierta y siempre hay gente trabajando. Los hombres dedican su vida completa a extraer el mineral con sus manos agotadas y su piel erosionada más por el calor que por el tiempo. Ahí es donde nuestro amigo pasa sus días, y comienza la frustración. Los pagos son mínimos, y los dueños de la mina decidieron, hace poco, simplemente negarlo: fue cambiado por fichas. Ahora nuestro amigo (sin nombre, pero que llamaremos William) solo acumula rabia, pero ¿qué puede hacer un minero en una época compleja contra su patrón? Además, casas y terrenos son de los dueños, y la única posesión preciada que tiene son sus libros, sus pocos libros.

Nos movemos ahora un par de meses después. William entiende su contexto de obrero y sabe que no puede hacer mucho contra sus superiores. Se lanza, entonces, para evitar el mal pensamiento, a sus pocos libros, a su Shakespeare. De a poco se sumerge en la historia de César y al poco tiempo repite los monólogos sin esfuerzo: algo que parte como un escape a su sufrimiento termina en la mejor representación habida de la obra. William, luego de varios ensayos, repite la obra completa de memoria y actúa todos sus personajes.

Ahora vamos un poco lejos de William. En el otro extremo del pueblo hay una casa perteneciente al dueño de la mina. Esta casa es todo lo contrario a la de William: habitaciones espaciosas y luminosas, grandes áreas ventiladas con cortinas y telas de calidad, un amplio salón de invitados con muebles tallados y varias sirvientas que atienden cualquier capricho día y noche. William no imagina que cerca de su casa existe algo así, y podemos inferir que el dueño de la mina tampoco había visto una casa igual de pobre que la de William. En esta casa se comenta un hecho futuro: La visita del candidato a reelección.

Acerquémonos al hecho en tiempo y espacio . El político, ya en el pueblo, decide visitar la mina, pues es pilar de la economía futura. Todos los patrones se emocionan y comienzan a planificar el gran recibimiento. A los mineros en la cantera les advierten de la llegada y les piden prudencia. Los mineros, como imaginan, estaban indignados de tanto lujo cerca de ellos y entre esa indignación, aparece William, quien no tiene posición política alguna más que el drama y la comedia. Sin embargo, comienza a planificar su plan y decide ofrecerse para trabajos extras en pos de la visita.

Habrán inferido ya que William planea asesinar a esta persona. Sin embargo, si fuera tan vacío su acto no nos demoraríamos en su análisis, al contrario, como ya dije, no importaría, porque la historia está plagada de estos hechos. William ensaya entonces palabra por palabra todos los actores, estudia la escenas y aunque duda a veces, le basta con mirar sus manos destruidas para entender que valdrá la pena ese momento.

Estamos ahora muy cerca del de la ejecución. La cantera está llena de polvillo blanco y el piso mojado por el sudor y sangre de los mineros. El aparentar eficiencia condujo a una explotación nunca antes vista por los pobres hombres del subsuelo y ahora el calor que los hace sudar no es el del sol sino el de su ira. El César llega a un podio improvisado y da un discurso. A sus espaldas hay dos guardias militares y a su alrededor varios millonarios inversores de la mina. Los mineros escuchan atentos, porque aunque llenos de ira, siguen sin voluntad, la que les quitó tanto el trabajo como el tedio desértico. William, empuñando el metal, se prepara y acerca lentamente. Lo vemos evitar la gente y actuar natural, como si buscara alguna herramienta. Los jefes lo han visto pero saben que está trabajando así que le ignoran. Se acerca al podio y repite un monólogo para sí mismo. El César termina su discurso y al bajar, lo ve e improvisa un saludo cordial, lejano y con una mueca de rechazo, y William atiende el llamado. César se voltea y William asesta el golpe. César, político famoso en el país, sangra y grita de dolor mientras los guardias apresan a nuestro amigo. No se resiste, pero grita “Et tu, Brute?” y se ríe a carcajadas. Pocos días después, lo ejecutan por orden del juez.

En el desierto, en ese pueblo, pocas cosas pasaron a la historia. William fue protagonista del único hecho memorable que ha acontecido en ese lugar, donde el sol parece durar doce horas o más y el calor derrite la voluntad de cualquier hombre. Ese hecho es, como habrán leído ya, la reproducción de una escena, de la primera escena del tercer acto del Julius Caesar de Shakespeare, escena que hizo reír a un hombre en el lugar donde nadie, hasta ese día, había sido honestamente feliz.

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